Por: Adriana Zambrini

Cuando los colonizadores (franceses, españoles, holandeses...) llegaron a Amerindia utilizaron un mecanismo que a lo largo de los años se perfeccionó con inusual maestría. Parecían tener claro que el poder más eficaz para dominar era apoderarse del mundo imaginario de los pueblos originarios. Los mismos conquistadores habían sido moldeados por estos mecanismos arcaicos a través de las diferentes iglesias. Era cuestión de apropiarse del mundo de las creencias, del lenguaje, de los ritos y de los íconos que protegían del miedo fundacional al abismo del caos. Se crearon demonios y dioses punitivos para aquellos que no se sometían a estos nuevos dioses. De este modo, se moralizaba la percepción y la relación con los objetos y entre los humanos; para tal fin, se inventaban fantasmas amenazantes que con su presencia imaginaria convocaban los peligros del caos. Fantasmas demoníacos, perversos e inmorales, que con su sola mención producían el miedo necesario para manipular y someter la subjetividad colectiva e individual.

El modo singular en que las diferentes instancias de poder en una sociedad usan del miedo fundante del ser humano, nos darán a ver el mapa de las estrategias que poseen para someter o para cuidar los intereses de una población. El miedo nos hace esclavos de los caprichos del amo, o bien se transforma en un arma poderosa de cautela y resistencia.

Pasaron los años pero el proceso de colonización prosiguió con su doble propósito de sometimiento de la subjetividad y extracción de las riquezas de la tierra. La una respondía a una política moral religiosa de control y negación de las diferencias, y la otra a un interés económico-político de colonización y apropiación de la tierra. Ambos mecanismos de vigilancia y apropiación se fueron modificando y sofisticando con el surgimiento de la era industrial primero, disciplinando los cuerpos, y luego con el surgimiento de la era posindustrial y de servicios, sometiendo el pensamiento y los afectos a un programa siniestro de vaciamiento de ideas y de sensibilidad, sin renunciar desde los centros de poder al dominio cada vez mayor de los recursos energéticos y vitales del planeta. Es un proyecto cultural-social-económico.

Obra de Hugo Ciciro - Foto Hugo Tempesta

La inmensa pobreza que crece en el mundo sin detenerse y cercada a través de guerras y hambrunas programadas, necesita de una elite política que responda sin cuestionamientos a los intereses de los autodenominados privilegiados. La esposa del presidente chileno Sebastián Piñera, manifestaba a una amiga con total convencimiento que había que ceder algunos privilegios porque la situación se estaba complicando; la complicación es el levantamiento en las calles de un pueblo que ella llama extranjeros y alienígenas. Esta ausencia total de sensibilidad y desconocimiento de la realidad social de los pueblos que ellos gobiernan, se logra apoderándose del mundo imaginario y deseante del pueblo, creándoles –como en los viejos tiempos- fantasmas malignos que quieren apoderarse de sus bienes y anhelos. Como en un juego de proyecciones infantiles, colocan en esas figuras fantasmáticas sus propias intenciones de apropiación y dominio. Estos fantasmas encarnados en personajes políticos reales, que no responden a estos intereses hegemónicos sino que por el contrario los denuncian, son objeto de ridiculización y odio, engendrándose así una grieta en la sociedad que alimenta la venganza y el resentimiento. Un ejemplo claro es el fantasma social de “la Yegua” o “la Chorra” que como tal no existe, pero que se deposita en la figura de Cristina Fernández y adquiere un volumen de realidad más real que lo real. Las acciones reales de esa persona como tal quedan invisibilizadas e investidas de un miedo y odio de clase que tiene por finalidad desacreditar todo aquello que ponga en cuestión los intereses de una elite de privilegios.

Para tal objetivo es indispensable capturar y anular el pensamiento crítico que otorga autonomía de acción y decisión a los sujetos. Por ende, se debe operar sobre el plano de las creencias y los deseos, así como también someter el mundo imaginario, por su potencia creativa y experimental, inoculando aquellas construcciones que no respondan a ninguna realidad comprobable, sino por el contrario, que operen como amenazas entre las sombras, pero con una firmeza que no permita la duda de la sentencia que sostiene la mentira.

Mientras se nos invita a mirar los cielos donde “todo es posible si vos querés”, el “sí se puede” de una voluntad que es tomada de rehén, en la tierra las elites del privilegio se dedican a talar los árboles, robar los recursos naturales, diseminar el hambre, despojarnos del trabajo y perder la confianza en nosotros y en los otros. Nada es improvisado, sólo se requiere aislar el pensamiento de los afectos, imponer sentimientos banales que respondan al me-gusta, no-me-gusta; vaciar las ideas de contenido crítico que nos permita la pregunta que interroga a la realidad desde una razón afectada, y habilitar una adhesión ciega de las clases medias a los relatos hegemónicos que deben encubrir habilidosamente toda intencionalidad de apropiación subjetiva.