Leyendo a Kusch

La velocidad y la densidad de los flujos de información parecen introyectar en nosotrxs la exigencia de tener siempre una opinión para decir. Las redes nos invitan constantemente a postear, tuitear, retuitear, elaborar inmediatas opiniones sobre todo lo que sucede a nuestro alrededor. No importa tanto lo que se diga sino que se diga rápido, antes que sea tarde, antes que sea viejo, antes que caduque la novedad. ¿Qué valor tiene la palabra en nuestras modernas sociedades? ¿Nos damos espacios para elaborar nuestras opiniones, nos damos la liberad de llamarnos a silencio cuando creemos que nuestra palabra ya no agrega nada al asunto?

“La dificultad hoy en día no estriba en expresar libremente nuestra opinión, sino en generar espacios libres de soledad y silencio en los que encontremos algo que decir”
“Las fuerzas represivas ya no nos impiden expresar nuestra opinión; por el contrario nos coaccionan a ello”
“Qué liberación sería por una vez no tener que decir nada y poder callar, pues solo entonces tendremos la posibilidad de crear algo singular, algo que realmente valga la pena ser dicho”
(Gilles Deleuze, Conversaciones 1972-1990)

Siempre encontramos en Rodolfo Kush algunas pistas para ir a las profundidades del pensar. En esta ocasión compartimos “La opinión”, un fragmento de su libro “Indios, porteños y dioses” publicado en 1966 a partir de sus viajes a la puna.

La pretensión de reproducir estos retazos de pensares es simplemente la de aportar un trazo más a la cartografía colectiva del pensamiento crítico. No se trata de verdades reveladas, sino de mojones que nos orienten en la búsqueda de un pensamiento propiamente latinoamericano. No se trata simplemente de leer para “entender” lo que alguien dijo, sino de leer para componer con eso que se dijo, ponerlo a debate, abrirle nuevos interrogantes, resonar con las ideas.

La Opinión* (Rodolfo Kusch)

Veamos sino lo que ocurre cuando estamos en una reunión integrada por muchas personas y en la cual todos opinan. Y yo callo y nadie se fija en mi. Al cabo de un rato me canso, y paulatinamente me voy elaborando una opinión, luego busco la oportunidad de decirla y la lanzo. Todos se fijan en mi. Me siento importante. Agrego algunos argumentos más y al fin me impongo. ¿Y qué dije? Pues una opinión.

Pero digamos que en la misma reunión hay un guarango que repite una frase muy popular entro nosotros, referida a una parte que yo me mando, o , peor aún, hace la pregunta hiriente: “¿De qué la vas?”. Cuando esto ocurre, sentimos un gran desagrado. Me tomo en serio las ideas, realizo toda una estrategia militar para imponerme, y de pronto viene un ignorante, un analfabeto y me despoja de mi importancia. ¿Por qué? ¿Acaso mi palabra es sagrada?

En los frescos de Teotihuacán en México se les agrega a los personajes sagrados una voluta, como de humo saliendo de la boca. Es la representación de la palabra sagrada. Es claro: como la palabra no se ve, y se pierde en el aire, ella llega inmediatamente a la divinidad, ya que ésta también es invisible y aérea. En la biblia maya, el Popul Vuh, los dioses crean varios tipos de hombre, pero como éstos no sabían hablar con sus dioses, los vuelven a destruir. Se diría que para el mundo indígena la palabra es muy importante, porque constituye la única conexión con el mundo sagrado.

Poco o nada tenemos que ver con los indios, porque nosotros hablamos mucho y escribimos más. Pensemos, además, en que los mayas no tenían más que cuatro o cinco libros, mientras que nosotros publicamos millones de libros y diarios por año. Es natural, la palabra no es un instrumento sagrado, sino un elemento de comunicación. Sólo los taimados se callan. Hasta solemos decir que la gente honrada siempre dice lo que piensa,

Pero aquella vez en la reunión, ¿fui totalmente honrado al decir mi opinión? ¿Opiné para resolver una situación, o para imponerme en el ambiente? Mientras me mantenía callado no me veían, ahora, que opiné me ven. ¿Y qué ven los otros? Pues el tamaño de mi opinión, pero no me ven a mi. Porque si miraran detrás de mi opinión, verían qué chiquito soy. ¿Y cómo es eso? Cuando grito desaforadamente que soy taoísta, budista, o cuando proclamo uno de los mitos políticos en vigencia y afirmo que soy democrático o comunista, ¿ acaso no digo lo grande que soy?

En realidad el ignorante aquel tenía razón:solo represento un papel, o me mando la parte. ¿En dónde? Pues en la reunión, que es en ese momento el teatro del mundo. Mejor aún: me aferro a una máscara hecha de palabras, para que me vean grande, o sea que juego sucio para asustar a los otros. En verdad opiné sólo para disimular algo, como si usara una magia al menudeo.

¿Como esa voluta de humo del personaje azteca? No tanto. Hay una diferencia entre la opinión y la palabra mágica. Ésta nace de lo más profundo de uno y se supone que asciende hasta la divinidad. La opinión, en cambio, se detiene a mitad de camino, sirve a penas de pantalla para fascinar o molestar al prójimo. Le falta el cultivo necesario para convertirse en palabra mágica.

Realmente, ¿Que pasaría si suspendiéramos nuestras opiniones y las enterráramos? Pues quedaríamos desnudos de opinión, y qué aspecto tan escuálido tendrían entonces nuestras almas. En seguida buscaríamos un remedio, y algún intelectual o alguna docente diría que nuestra farmacopea debería arbitrar algún remedio para engordar las almas.

Pero, aun así no sabemos cómo esconder nuestra pequeñez y nuestra flacura, ni la falta de fe en la realidad, ni la indiferencia ante el prójimo, como tampoco sabemos cómo esconder ésta tremenda sed de silencio que llevamos dentro. Sólo querríamos decir esa única palabra que se daba como una voluta de humo sagrado en aquellos personajes aztecas. Decir mágicamente vida; y vivir. Nada más que eso querríamos, pero no nos sale. Tampoco sabemos con qué palabras decirlo, porque hemos perdido toda magia para hacerla valer.


*Kusch R. (1994). Sin Magia para vivir. ¿Magia en Buenos Aires? La opinión. En Kusch Rodofo, Indios, porteños y dioses (pp. 80-82). Buenos Aires, Argentina; Secretaría de Cultura de la Nación en cooproducción con Editorial Biblos.