Argentina segunda mitad del siglo XIX

por Mireya Dávila Brito

Hacia la segunda mitad del siglo XIX las epidemias de fiebre amarilla en Buenos Aires, seguida de la  viruela en las “guerras del indio”, repercutieron en las jerarquías sociales, en la noción de raza y en las relaciones de género de una sociedad que compartía las experiencias de conquista de territorio, aniquilamiento de pueblos originarios,

disputas políticas, movilizaciones militares y una creciente clase trabajadora en los principales centros urbanos. Una lectura desde el cruce entre clase, raza y género, permite preguntarse por las experiencias de ciertas sujetas y sujetos sociales que vivieron el rapto, el desplazamiento forzoso, el encierro, el hacinamiento, la colocación como personal de servicio en casas particulares y las intervenciones de autoridades municipales en sus hogares.

Clase y jerarquías sociales durante la fiebre amarilla

En 1871 la ciudad de Buenos Aires vivió un brote de fiebre amarilla que provocó la muerte 13.641 personas. Las viviendas colectivas y conventillos, ubicados en los suburbios, habitados por mujeres y hombres trabajadores fueron calificados como focos infecciosos en la Capital. Según la prensa, sobre las familias pobres recaía la responsabilidad de propagar la fiebre. Ante el avance de la enfermedad, la Municipalidad de Buenos Aires echó mano de las ordenanzas que estipulaban el uso adecuado de los depósitos de aguas servidas. Se buscaba apaciguar emanaciones malolientes (miasmas) que se creía eran las causantes de la enfermedad. Para ello, contó con una Comisión de Higiene integrada por “vecinos respetables” que fiscalizaban las manzanas. Su labor (no remunerada) consistía en revisar locales y viviendas y elevar informes a la Municipalidad, encargada de cobrar multas, ordenar desalojos (si era necesario, usando la fuerza pública) y clausuras. Valeria Pita indagó en los informes sanitarios y halló intentos por regular la vida de los moradores de estos barrios. Al rastrear varios casos de sanciones encontró que la Municipalidad buscaba sostener su autoridad, tanto comisionados como inspectores (trabajadores del municipio) remarcaron jerarquías sociales usando los preceptos higiénicos. Sin embargo, estas inspecciones fueron cuestionada por los/as sujetos/as acusados/as y, en algunos casos, sus órdenes no fueron acatadas. Hubo trabajadores que apelaron a la legalidad, porque veían en la medida una intromisión y violación a las garantías constitucionales al no tener una orden judicial para entrar a su morada; otros develaron viejas rencillas con los vecinos comisionados detrás de una orden municipal, y otros recurrieron a razones higiénicas negando casos de fiebre amarilla en el lugar como para ser objeto de sanciones. Reglamentar las prácticas, costumbres y vida cotidiana de las/os trabajadores fue un desafío para las autoridades de la ciudad, mientras que para ciertos agentes sociales significó terciar las intervenciones para evitar sanciones o quedar en la calle.

Raza y género en la epidemia de viruela

En 1878 en La Pampa, territorio invadido por el ejército bajo órdenes de Roca, en alianza con estancieros, raptó y aniquiló a cientos de mujeres y varones indígenas adultas/os y niños/as en una operación de saqueo y robo de tierras a los pueblos originarios para ponerlas al servicio de la oligarquía y de la producción de cereales y cría de ganado. La disputa por el territorio, posterior a la Independencia, llegó a niveles bélicos y se estima que para finales de la década, cerca de 3 mil indios/as fueron capturados, apresados y llevados a la isla Martín García. En su paso por la isla, permanecían confinados y cientos de ellos contagiados de viruela. Para 1879, el registro del hospital San Roque de Buenos Aires estimaba que 171 mujeres habían ingresado con viruela y 80 de ellas eran indias. La mortalidad, según Di Liscia, alcanzó 38,8% en las indias y el 11% en el resto. La Sociedad de Beneficencia (brazo asistencial del Estado liberal, compuesta por las mujeres de la elite) colocaron a mujeres y a niñas/os en casas particulares, para servir en lo doméstico, en asilos y establecimientos benéficos. Mientras que los varones fueron enviados al ejército y a las misiones católicas. Las advertencias del cuerpo médico e higienista pesaban sobre la “susceptibilidad” de los indios para sufrir la enfermedad, más aún, su “comportamiento antihigiénico” y “salvaje” aumentaba las probabilidades de ser un agente infeccioso. Entre los publicistas contemporáneos (como José Penna y Emilio Coni) afirmaban que la “raza” del indio era más vulnerable para sufrir la enfermedad debido a sus condiciones biológicas. Las explicaciones oscilaban entre una piel más permeable para contagiarse; la predisposición genética provocada por la ausencia de cruce con otras razas y las limitaciones higiénicas que las/os indias/os tenían por su modo de vida, opuesto a los centros urbanos.
Los médicos higienistas, basados en el pensamiento positivista de fines del siglo XIX, relacionaron enfermedad con la idea de raza, apuntando a una biología social sobre los individuos racialmente “inferiores” y situando en esos cuerpos racializados el foco del contagio. Sin embargo, la racialización de la enfermedad no impidió la colocación de indígenas en casas de particulares en Buenos Aires. En este contexto, el servicio doméstico fue aún más racializado. Cecilia Allemandi estudia las colocaciones de indígenas en las casas de particulares. A fines de 1878, cerca de 285 mujeres y niñas/os fueron colocadas en Buenos Aires y pueblos cercanos; en 1885 la cifra se ubicó en 325 indígenas colocadas/os, provenientes del Chaco. El reparto de mujeres y menores de 14 años consistía en no cobrar salario durante el primer año y las familias estaban obligadas a proveerles alimentación, vestimenta y bautizarles. Mujeres y niños/as fueron forzadas a trabajar en aquellas casas, bajo condiciones de subalternización. En el caso de los varones repartidos no superaban los 14 años. La minoría de edad y el género fueron determinantes en la distribución de las personas, originarias de la Pampa y Norpatagonia, entregadas para servir a esas familias.

Epidemias y evidencia de las desigualdades

Al mirar las epidemias en perspectiva histórica e interseccional (cruce de raza, clase y género) es posible revisar las formas en que las desigualdades sociales y de género se evidencian y se intensifican aún más durante los brotes de enfermedades por contagio y sus discursos médicos sanitarios. Tanto en la fiebre amarilla como en la viruela, las distinciones de clase, las experiencias vividas y compartidas por varones y mujeres y la racialización, tomaron lugar en ciertos consensos sociales que subalternizó aún más a sectores que experimentaron la opresión, la marginalización y el despojo de sus territorios.

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El texto está basado en los trabajos de:

- Valeria Pita, “Intromisiones municipales en tiempos de fiebre amarilla: Buenos Aires, 1871” en  Historia y Justicia, Santiago de Chile, No. 6, abril 2016, pp. 44-71. Disponible en: http://revista.historiayjusticia.org/dossier/gobierno-de-la-ciudad-policia-y-poder-municipal-en-buenos-aires-1870-1920/intromisiones-municipales-en-tiempos-de-fiebre-amarilla-buenos-aires-1871/

- María Di Liscia, “Robar el paraíso. Indios, viruela y bautismo en Argentina (1870-1884)” en Quinto Sol, No. 4, 2000, pp. 67-68. Disponible en: https://cerac.unlpam.edu.ar/index.php/quintosol/article/view/650, “Las epidemias en La Pampa en perspectiva histórica”, 2020. Disponible en: http://www.humanas.unlpam.edu.ar/wordpress/iesh/wp-content/uploads/sites/25/2020/04/Las-epidemias-en-La-Pampa-1.pdf

Cecilia Allemandi, “Servicios extraordinarios”: la Sociedad de Beneficencia y la colocación laboral de indígenas en el marco de las campañas militares de Pampa, Norpatagonia y Chaco (Ciudad de Buenos Aires, 1878-1895)” en Revista Electrónica de Fuentes y Archivos (REFA), Córdoba (Argentina), No. 10, Año 10, 2019, pp. 135-150. Disponible en: https://refa.org.ar/file.php?tipo=Contenido&id=236