Margarita y los chanchos. Carlos Pérez Turco

Por Florindo Sigarreta

Florindo Sigarreta es autodidacta. Luchador implacable de causas imperdibles. Porteño de acá.

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Sin ir muy lejos en lo que hoy es Argentina hacia el año 1500 diversas comunidades vivían libremente sin constituir una sola nación. Cada comunidad con sus idiomas y costumbres propias convivían en el mismo territorio, respetando lo que hoy conocemos como interculturalidad.

La invasión europea a estos pueblos -nuestros pueblos originarios- tuvo diferentes respuestas. En las luchas por la independencia algunos lo hacían en los movimientos democráticos emancipadores de 1809/1810. Hubo quienes se ofrecieron a luchar contra los ingleses para los españoles y, quienes colaborarán con Rosas o con Mitre. En general estos pueblos fueron despreciados por los blancos europeizantes presos del racismo y europeísmo.

La historia oficial está escrita y mirada con los lentes del colonizador. Nos ocultaron que estos pueblos resistieron el duro vasallaje impuesto por éstos y por los criollos capturados por el querer “ser” de Occidente. Nos cuesta entender lo que sentimos y confundidos, en más de una oportunidad, caemos en la trampa de los que tienen el poder pretendiendo “pertenecer”.

En nuestro territorio algunas comunidades vivieron como pueblos libres. En otros casos fueron dominados y sometidos a encomienda, en parte aniquilados, otras incorporados a la colonización blanca a través del mestizaje. Los Huarpes cuyanos, por ejemplo, se mezclaron con los españoles, parece ser, facilitado por la falta de mujeres blancas y por la actitud no discriminatoria racista de los invasores.

Entre el siglo XVI y XVIII se extendían dos organizaciones sociales bien marcadas: la hispanoamericana subordinada a la monarquía española; y Comunidades libres descendientes de los primeros pobladores, con costumbre e ideas propias que controlaban “Territorios Libres” con escasa vinculación con otras sociedades.

La población de negros representaba entre el 25 y 30% de la población urbana del Rio de la Plata a mediados del Siglo XVIII, el 37% de las familias urbanas tenían africanos en situación de esclavitud. En Tucumán este número llegaba al 64%.


Desde la primera época los Alzaga, los Basavilbaso o el Conde de Liniers, hermano del héroe de la reconquista se dedicaban al infame comercio de esclavos. Por su parte los Martínez de Hoz, Los Belauztegui, tenían entre diez y doce esclavos de todo uso.

La Fundación África Viva sostiene que ni la guerra del Paraguay, ni la fiebre amarilla de 1871 fue tan responsable del exterminio de tantas vidas, como la pobreza. Esa pobreza que implica, la migración forzada, el hambre, el frío, el cambio de alimentación y de ritos que los excluyó de su buen vivir.

La combinación de una manera de producción pre-capitalista, junto a una manera de subsistencia basada en una economía comunitaria de deseo colectivo y la imposición de una economía de poder feudal traído por los conquistados va conformando esta sociedad virreinal.

Cerca de un millón de personas poblaban el virreinato del Río de la Plata, hacia principios del siglo XIX. El centro poblacional era la zona de Córdoba al norte y al Litoral; y los que es hoy Buenos Aires tenía el puerto y cien personas solamente.

Del puerto hacia el sur de Buenos Aires, los pueblos eran totalmente libres.

Cuando acontecieron las invasiones inglesas el 25 de junio de 1806 esta parte del territorio físico comienza a visibilizarse. Parece ser que, con intenciones de saqueo personal del brigadier general William Carr Beresford y el Comodoro Home Popham entre otros, intentaron también la ocupación de Buenos Aires. El pueblo resistió y llegaron desde Montevideo voluntarios y el 12 de agosto se procede a la Reconquista desplazando al Gobernador impuesto.

En 1808 los ingleses en su juicio de Whitelocke a Beresford, dejaron ver sus ansias de conquista de nuevos mercados para colocar sus manufacturas y se expresa por primera vez como barbarie para diferenciar a los pueblos de lo “Civilizado” representado en esta potencia imperial que había perdido recientemente su colonia norteamericana.

El triunfo de esta invasión fue la declaración del libre comercio y el saqueo del tesoro del virreinato que asciende a casi 1.300.000 pesos plata que a valor de hoy sería más de 80.000 millones de dólares, suficientes para amortizar la deuda externa contraída entre 2016 y 2019.

Ya en 1806 surgía ese amor probritánico de las mujeres de la alta sociedad admiraban al ejército inglés por su orden y prolijidad, con hombres de cara de nieve, decía Mariquita Sanchez de Thompson. Ellos contrastaban con nuestras tropas fuertes y robustas, pero de tez oscura y desalineados, lo hediondo de Nuestramérica.

Esta élite de algunos apellidos ya nombrados, entre otros tantos que aún hoy siguen sonando, que preferían pagar cara las mercaderías que consumían o contrabandearlas, vender a precio vil el cuero de su ganado y no aceptar la concurrencia a un libre mercado. Sarmiento renegaría luego de la expulsión a los que nos traían el libre comercio.

En 1798 un Estrada defiende el libre cambio en contraposición de los monopolistas como Anchorena que se oponía. Sin embargo, según testimonios los hilados y tejidos de nuestras fábricas en Córdoba y Catamarca fueron reemplazados por mercadería inglesa, afectando las economías regionales y los “ocupas” van perfeccionando la forma de colocar sus excedentes de productos, y van también segregando a los pueblos.

Claro que éstos se van organizando y proponiendo nuevas maneras de estar juntos, más solidarias. El Artiguismo, por nombrar solo uno de los casos más ocultos, propuso eliminar el exceso de despotismo y sancionar la Gratuidad de la Justicia para que se ayude a los desamparados. También realiza la distribución de tierras a los invisibles de siempre, cercenándole privilegios a los estancieros locales. Con la intención de defender la producción regional, Artigas quiere hacer la apertura de nuevos puertos e implantar fuertes aranceles para la mercadería llegadas del extranjero. En definitiva, vislumbra un imaginario político de Patria Grande, un proyecto colectivo donde cada singularidad pueda ser parte de esas realizaciones que se fueran concretando.

Después vendría la Ley de Enfiteusis de Rivadavia, que en 1824 siendo ministro de gobierno de la provincia de Buenos Aires pide un préstamo a Inglaterra, dando nacimiento a la oligarquía por transferirle ocho millones de hectáreas de campo a poco más de quinientas familias concentrándose aún más en 1880 con la invasión de Roca.

Volviendo a la Ley de Enfiteusis, podemos decir que surge como una manera de obtener divisas ya que tierras “deshabitadas” estaban puestas como garantías del primer empréstito que fue a la Baring Brothers, la compañía más antigua de Londres, y ello excluyendo a pequeños productores, transfiriendo a unos pocos las tierras más productivas de la región.

Hoy persisten esas desigualdades y la ley provincial que consagra el acceso justo al hábitat en la provincia de Buenos Aires (Ley 14.449) es ninguneada. Si a esto le sumamos que en nuestro país salió recientemente la ley Nacional de alquileres (Ley 27.551) que todavía no se cumple, fundamentalmente por abuso de los grandes jugadores del negocio inmobiliario podemos apreciar los seiscientos mil desalojos en curso y cuatrocientas mil unidades habitacionales desocupadas en CABA por especulación financiera, mientras hay personas viviendo en las calles.

Tenemos un territorio de casi doscientos millones de hectáreas, con una diversidad y maneras de estar en el mundo muy distintas que conviven. Casi la mitad de esa superficie solamente está en manos de seis mil personas físicas o jurídicas. Estas desigualdades llevaron a los pueblos a desplazarse alrededor de los centros urbanos generando más desigualdades y más riquezas en unos pocos.

Nuevamente observamos a los invisibles estafados por el libre cambio y la meritocracia, pero sobre todo expulsados por bárbaros, marginados por los gobiernos de la meritocracia a sentirse como ocupas, ocupas creados por la desigualdad y el individualismo.

El poder real nos oculta el inicio de sus riquezas materiales, nos hace trabajar para que ellos sigan acumulando, fomenta el miedo a la otredad. Miedo a que vengan a sacarme lo poco conseguido con esfuerzo del trabajo afirmados en el tener para seguir afirmados en el ser como hace más de doscientos años. Nos va aislando y nos adormecen con zonceras y odio para que no identifiquemos que ellos son los verdaderos okupas.

Cuando ya no se tiene más miedo porque nos damos cuenta, y aparece un estado que abraza a unos y a otros, nos da posibilidades articulando una economía del deseo colectivo, con liderazgos transitorios donde nadie pretende sacar ventaja personal y a los que lo intentan se los aparta.

El odio hace que no podamos identificarnos, nos aísla, nos va azonzando y nos hace defender a los campos de los okupas como si fueran propios y volvemos a caer en la trampa. Nuevamente como si estuviéramos anestesiados lo defensores del libre cambio vuelven a generarnos “deuda eterna”, como lo hizo Rivadavia durante el gobierno de Martín Rodríguez, deuda que fuera pagada ciento veinte años después, para que vengan los Artigas como enunciadores de una sociedad que se pone en lugar de los otros.

Darnos cuenta de quienes son los ocupas, nos libera del odio y nos permite componer con otros, sufrir con otros y luchar juntos para construir una comunidad mejor acompañando un proceso de cambio para realizarnos en una sociedad para todas, todos y todes.

Sacarse este entripado para que no sea solamente una lúcida resignación nos requiere atentos, desde la memoria sin caer en nuestros micro-fascismos, existiendo en una comunidad lo más organizada posible, para “experimentar la eternidad de un presente que será eterno”, con acceso al hábitat sano donde los incendiarios no tengan cabida.

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Bibliografía:

* Galasso, Norberto: Historia Argentina: Tomo I, Buenos Aires, Ediciones Colihue, 2011.
* Guattari, Félix: Líneas de fuga, Buenos Aires, Editorial Cactus, 2013.
* Jauretche, Arturo: Ejército y Política, Buenos Aires, Ediciones Corregidor, 2012.