Por treinta denarios. Carlos Pérez Turco

Por: Carlos Pérez Turco

Carlos es artista plástico. Sintetiza su sentir y su pensar de la siguiente manera: “El arte debe ser como una trompada, una carcajada, una lágrima, un abrazo, un te quiero o una puteada. Si no tuviese nada que decir, hubiese nacido para economista, juez, crítico de algo o gendarme.”

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Un grupo de individuos que se habían enriquecido materialmente en alianza con bandas armadas, primero se apropiaron de inmensos territorios por la fuerza, aniquilando a sus habitantes y los que sobrevivían eran tomados prisioneros y ofrecidos gratuitamente como esclavos a familias amigas de los usurpadores, (cuando no, a las propias).

Esas ricas y fértiles tierras, fueron luego explotadas por sus apropiadores y socios reales y virtuales. Los primeros grupos armados que llegaron a convertirse en ejércitos, verdaderamente, estuvieron conformados por hombres y mujeres idealistas, que en luchas contra el invasor europeo, deseaban morar en tierras libres e independientes de todas las coronas del antiguo mundo.

Claro que éstas formaciones militares difícilmente podían ser tomadas por los mercaderes para sus oscuros fines, así fue que apuntaron sus miras sobre aquellos que, también perteneciendo a las fuerzas gallardas, deseaban otro destino para sus vidas, menos gloriosos y más sólidos, materialmente hablando.

Pero eso es historia más o menos antigua. La cuestión es que, agotados de tantas batallas por la independencia de, llamémosle, “la patria”, el Ejército glorioso quedó en el olvido. Los  herederos de los que libaron en las mieles del oro fácil, en cambio, decidieron seguir las instrucciones de los capitalistas y se dedicaron a trabajar para éstos (si es que calificamos como trabajo al hecho de atentar por medio de las armas propias contra todos los intentos de orden democrático y popular que se consiguieran a  través de la elección de los ciudadanos).

Pero éste método siempre favorecía a los banqueros y grandes "empresarios" y pocas veces a los hombres de armas; hasta el punto en que de tanto ciego de vidas humanas, los uniformados fueron juzgados por sus crímenes y los negociantes monetarios quedaron libres  y con sus arcas muy enriquecidas.

La cuestión es, que no pudiendo convencer para sus fechorías a los hombres de choque, apelaron a comprar literalmente a los lenguaraces y estos convencieron a distraídos y otros mal intencionados parroquianos, de inclinar sus simpatías hacia el lado de los mercaderes.

El asunto derivó en que increíblemente llegaban al banquete y la vida por invitación popular y así fue que se comieron el lunch y sobre todo la torta, pastel que quedaron debiendo los novios, por varios años. Pero lo de la torta toda, a ellos les gustó tanto que quieren volver a comérsela; claro está siempre y cuando la paguen los novios, o los padrinos, quien como los Reyes y casi todos lo sabemos; suelen ser los padres y madres.